Revista Aquelarre



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(Tomado del editorial de la Revista Aquelarre No 1. Enero de 2002)

Se llamó Aquelarre, en la Edad Media europea, a esa mezcla de fiesta religiosa, carnavalesca y orgiástica, que fantasiosamente convocaba a brujas y hechiceros en oscuros y lóbregos parajes, en los cruces de caminos y en otros sombríos rincones de los confines medievales, durante fechas especiales del año, supuestamente a rendir culto al demonio, a expresarle incondicionales adhesiones espirituales y a realizar alegres vínculos sexuales; pero en realidad se trataba de la reactualización de antiguos festejos populares precristianos, evocadores de arcaicos ritos paganos a la fertilidad y la abundancia y, por otra parte, de formas de evasión ante las difíciles condiciones de existencia que llevaban los humildes villanos y aldeanos, así como de una furtiva exaltación del principio femenino por sobre lo masculino.

Los más diversos grupos humanos, cautivos de poderes que los niegan y anhelantes de justicia social y de equidad, siempre han buscado escapar de la opresiva realidad, mediante el eficaz recurso de la imaginación colectiva que les permite apropiarse de invenciones como el milenarismo, el mesianismo, los encantamientos, la brujería, las posesiones y muchos otros mitos y utopías.

En las sociedades contemporáneas la orientación general de la cultura y de la educación responde a los intereses de la economía. Indefectiblemente todas las estrategias y quehaceres educativos se dirigen hacia el desarrollo productivo, la competitividad internacional y la inclusión en los avances de la ciencia y la tecnología. Ello ha conducido a una visión unilateral, sesgada, utilitaria y pragmática de la formación académica y universitaria que enaltece el positivismo, la objetividad y la razón instrumental, en detrimento de las demás dimensiones del saber y del sentir humanos, excluidas hoy de los currículos y las asignaturas.

Como en la vieja Edad Media, la universidad profesionalizante se encuentra atrapada por los paradigmas omnicomprensivos que no quieren dejarle espacio a otras opciones. Bajo el peso inexorable de una realidad supuestamente desencantada y objetiva, sufriendo el rigor y los desastres de la velocidad, del ritmo y del uniformismo que impone la ideología del progreso, la universidad sólo pareciera buscar el rendimiento, la eficiencia, la rentabilidad y, en consecuencia, funcionar únicamente a favor del capital y del mercado (“capital humano”, “mercado laboral”, etc.).

La dimensión simbólica de la nostalgia por el “Paraíso Perdido”, o la irrefrenable esperanza por un mundo mejor, por alcanzar la “Tierra Prometida”, permanentemente se expresa mediante la realización de asambleas de fraternidad, que puedan llegar a permitir la construcción de la tan esquiva comunidad ideal, soñada en tantas utopías. El Aquelarre o Sabbat de las brujas, como reflejo de las primitivas reuniones evangélicas, constituía una especie de conspiración herética, subversiva y contracultural que se oponía a los paradigmas políticos, éticos y estéticos de una época, impuestos por quienes ejercían el dominio y la hegemonía cultural.

Hoy, atenazados por temores semejantes a los que agobiaron a nuestros antepasados, frente al imperio de la objetividad cientista que ha llevado a la amoralidad tecnológica, al complejo industrial militarista, a la amenaza nuclear, a la barbarie ecológica y ante el imparable consumismo, la manipulación conductual y la ingeniería genética que se avecina, urge de nuevo la construcción de colectivos intelectuales capaces de confrontar la deshumanización que muchas veces prohíjan las mismas universidades.

Insertos en la sinrazón de la razón civilizada, ansiamos la irreal atmósfera contracultural y pluralista de los Aquelarres, así como el desenfreno y la alegría de esos saberes vencidos. No olvidemos, como Jules Michelet lo dijo, que esa bruja que le prestó aliento popular a los orígenes de la medicina y que en su momento enfrentó el patriarcalismo y la androcracia, hoy ha desaparecido, “ante todo por el progreso de esas mismas ciencias iniciadas por ella, por el médico y el naturalista para quienes había trabajado... la bruja ha perecido para siempre... y la mujer ha perdido su papel de hada que cura...”

Convencidos, por supuesto, de que ni el retorno de las brujas, ni todo el alboroto de las más variadas expresiones de los saberes subyugados, podrá detener la marcha triunfal de la ciencia y la tecnología, ni esa “dirección única” que impone la ideología del progreso en que nos encontramos inmersos, pero esperando que la loca lucidez del arte, la dimensión estética, la diversión y la fiesta, puedan ayudarnos a desmitificar la diosa razón y a confrontar la violencia generalizada que caracteriza nuestro país así como a la cosificación y alienación que pesa sobre el hombre, entregamos la posibilidad de este Aquelarre a todos aquellos que crean en una nueva conspiración de herejes y renegados. Nietzsche ya lo advirtió: “La vida es bruja y es serpiente’’.




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